Hace casi veinticuatro años que los argentinos gozan del derecho a elegir democráticamente a sus gobernantes. Después de la dictadura de 1976, que marcó la vida de todos los habitantes del país, los ciudadanos deben apreciar la posibilidad que tienen de votar. El acto electoral es el emblema y la prueba fundamental de manifestación que comprueba que un país es democrático.
Hace treinta y un años atrás, cuando las Fuerzas Armadas estaban en el poder, miles de compatriotas hubieran dado todo por tener este privilegio. De hecho, 30 mil desaparecidos son la muestra de aquellos que querían cambiar la situación, poder disfrutar de la democracia ya que –seguramente- consideraban que era una herramienta indispensable para poder pensar en el bienestar de las mayorías.
Algunas personas que no han tenido que vivir en esta etapa de virtual genocidio para el país no perciben el real valor que encierra el acto de votar. Muchos suelen dejar que quienes decidan sean “los otros”. Algunos consideran que anular o votar en blanco es la única alternativa de rebeldía ante el sistema. Y, por otro ado, hay quienes toman con responsabilidad y compromiso el acto electoral.
Para poder cambiar es necesario cumplir con los deberes de los ciudadanos porque, independientemente de a quién se vote, todos los argentinos cuentan con ese derecho, y el mejor cambio se realiza a través de las pequeñas trancisiones.
Cumplir con el deber como habitantes de este suelo, votando con convicción y compromiso para el mejor futuro de Argentina, es el puntapié inicial para comenzar a evolucionar como sociedad.
Una transformación que incluye a todos los sectores y clases. Hoy se vive en democracia y ésto hay que valorarlo, más aún cuando este mismo país tuvo que soportar, a lo largo de su historia, sucesivos gobiernos dictatoriales que no permitían ningún privilegio cívico.
Antonela Jatib
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